Capítulo 1, reunión familiar.
Una cálida y cómoda sensación envolvía a Damian mientras alguien le hablaba. No prestaba demasiada atención a quién le hablaba o a qué le decían. Se arrulló en la manta un poco más mientras el calor del hogar le daba directamente en el rostro. Y en ningún momento esperó el pescozón que hizo que se le cayera el trozo de manzana que tenía en la boca.
-¡Eh! Estaba comiéndome eso- dijo, indignado.
-Me parece maravilloso, señorito, pero antes que ponerte a comer e ignorarme atente a las consecuencias- replicó la voz femenina.
Damian se giró para mirar a su esposa. La mujer rubia lo miró con sus ojos marrones. Ante la cara de tonto de su pareja no pudo más que sonreír. Claramente le había perdonado inmediatamente su indiscreción. Él salió del confortante calor de las mantas y abrazó a su mujer despacio y fuerte durante un largo rato. Cuando la soltó se giró a recoger el trozo de manzana que empezaba a manchar la alfombra.
-Sé que no te estaba prestando mucha atención, pero me hablabas de mi hermano- comentó - ¿De verdad quieres que vayamos a verlo? Está muy lejos, en Costasur.
-Lo sé- ella alargó la mano para recoger el trozo de manzana, en la mano tenía un pañuelo, para no mancharse- Pero no soportas el frío de Rasganorte. Además, no es que seas un gran estudiante para empezar- terminó, divertida.
-Bueno, eso está feo señorita, voy a dejar la magia porque no me gusta mi profesor- se acercó a darle el trozo de manzana sobre el pañuelo- Pero es verdad. Y esto de que Dalaran haya decidido irse volando al sitio más peligroso del mundo como que no me hace demasiada gracia. Y odio el frío.
-Demasiado, para haber nacido en el sitio más helado de todo Reinos del Este.
Damian se estiró y se rió un poco. Observaba por la ventana como la vida habitual de Dalaran se llevaba a cabo. No dejaban de aparecer aventureros en la ciudad, deambulando y molestando a la gente de a pie. Todos grandes héroes, dispuestos a derrotar personalmente a Arthas Menethil.
-Idiotas- musitó.
-¿Dices?- su mujer se acercó a mirar lo que él- Ah. Ya. Tu increíble heroísmo en su esplendor. Déjalos hacer, alguno igual se convierte en un héroe de verdad- acto seguido se alejó para tirar la basura que llevaba en la mano.
El mago se encogió de hombros, pero no dejó de mirar. En cierta manera le daban algo de envidia. Él no había sido especialmente valiente nunca. Su mayor acto de fuerza fue cuando pidió matrimonio a Avery. Aunque de eso no se arrepentía demasiado. Sin embargo, había visto como Arthas atravesaba la Ciudadela Violeta y destrozaba todo a su paso en el pasado. Había visto la muerte y el dolor que habían dejado detrás suya mientras trataban de revivir al Lich. No quería volver a ver eso nunca más.
-Pero tampoco fui tan mal estudiante, ¿no? A ver, soy buen invocador- cambió de tema, acercándose de nuevo a la chimenea ardiente.
-Eso es verdad. Supongo eue estar encerrado años dentro de la mayor ciudad de magos de la historia ha hecho que se te pegue algo- gritó su esposa desde la cocina.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Que chispa traes- gritó de vuelta él.
Damian consiguió aprobar varias clases dentro de la escuela de magia de Dalaran. El simple hecho de que le aceptaran en la escuela demostraba que, como mínimo, no era un inútil. Pero es verdad que no se había esforzado lo más mínimo durante esos años. Encerrado dentro de la cúpula de la ciudad se sentía demasiado atrapado para realmente dar algo de sí. Pero sí había aumentado considerablemente su resistencia a todo tipo de bebidas espirituosas.
Y había conocido a Avery Adams. Una chica tranquila y con la lengua más afilada que había conocido jamás en la corte. Tardó cinco años en pedirle salir. Disfrutaba cada conversación y cada intercambio de malas palabras con ella. Era apasionante buscar la frase adecuada para cada una de sus increíbles charlas. Sabía casi todo de ella ya en ese año que había vivido juntos.
Un llanto rompió su momento de introspección. Se levantó del asiento y fue directo a la pequeña sala que había pegada a la cocina. En su paso aprovechó para asomarse a la cocina y mirar a a su mujer, que se limpiaba a toda prisa las manos para hacer lo mismo que estaba haciendo él mismo. Cuando se giró y lo miró la sonrió.
-Yo me encargo, no te preocupes- y la tiró un beso.
-Ah- sonrió y se giró a los quehaceres- Me haces un favor. Y esta vez nada de cogerla por el pie, que no me entere.
-Noooooo, mamaaaa...- y se fue antes de que volara algo hacia él.
Entró en la habitación y vio a su hija revolviéndose en la cuna. Debía de estar molesta con cualquier cosa, apenas tenía un par de meses de vida y todo parecía molestarla. Mientras acunaba a su hija, planeaba. Ya decidió hacia unos meses, cuando Dalaran se movió, que iba a marcharse de allí. No quería que su familia sufriese una guerra. Él ya había pasado dos, no quería que ellas pasesen por eso. Y sobre todo no quería arriesgar la vida de Dalia.
Había indagado sobre los aventureros y soldados que llegaban de la Alianza. Salían de distintos portales semipermanentes en la ciudad y estos daban a las capitales actuales de la Alianza. Bueno, y de la Horda, pero eso no le interesaba, claro. Sabía que tendría que atravesar uno de esos, y sabía que el más adecuado sería el de Ventormenta, ya que había un barco directo a Costasur desde allí. Si no le había engañado su hermano mayor, su empresa maderera estaba en alguna parte de Trabalomas, en unas viejas tierras que compró su padre antes de la Segunda Guerra.
Avery sabía perfectamente que él había sido un noble de Alterac, sabía que su padre, Lord Alexander Ventisca, había sido uno de los lores que habían dado el visto bueno al plan de dejar pasar a la Horda de Puñonegro para destruir Lordaeron. Una idiotez, según Damian, si tan sólo hubiera votado en contra no habrían destruido toda la reputación de su familia. Pero es como es, y al menos su hermano huyó nada más enterarse con todos los hermanos a Lordaeron a denunciar a su padre y su traición. La familia Ventisca siguió siendo noble gracias a Harry. Y mantuvieron sus tierras, por fortuna.
-Ya verás, cariño- dijo, meciendo a Dalia- Te va a gustar Harry, es muy responsable. Un poquito serio y un poquito acelga, pero es majo- su hija levantó la mano y él le puso el índice para que lo agarrara. La cría rio ligeramente, dejando de llorar, por fortuna- Sí, y estará encantado de ser tio.
-¿Dice algo, Dam?- dijo Avery, asomándose por la puerta.
-Hablo con Dali- se volteó hacia su mujer- ¿Entonces, mañana?
-Mañana- respondió.
La mujer se volvió a terminar las tareas dejándole la trabajosa tarea de poner a dormir al bebé. Mientras daba vueltas y mecía a Dalia, siguió repasando el plan. Era demasiado cobarde para hacer las cosas sin pensar. Tenía que repasar una y otra y otra vez lo que iba a hacer, viendo posibles salidas y distintos caminos para lo que iba a ocurrir. Fuera como fuere, pensaba utilizar lo único que siempre se le había dado bien, la labia. La cabeza rubia de Avery volvió a asomarse por el lado de la puerta.
-Lo has conseguido- comentó, en voz baja.
-¿Eh?- el mago miró a su hijita, que dormía como una bendita- Anda, tienes razón- dijo en voz muy baja, para sí mismo.
Dejó a la niña en la cuna y la tapó cuidadosamente. No sin antes acariciar la mata rebelde de cabello rubio ceniza que cubría la cabecita del bebé. Se alejó de puntillas de allí y cerró la puerta del antiguo estudio, ahora habitación de Dalia. Una vez fuera suspiró y abrazó a Avery. Un breve momento de calma y camaradería que se deshizo rápido, ya que tenían que empacar todas las cosas para el día siguiente.
Es difícil de describir la locura que ocurrió en aquella mañana. Entre llantos, gritos, súplicas y otros ruidos lastimeros, consiguieron atravesar el portal de Ventormenta. Damian tuvo que darse de baja en la academia de magia, cosa que no satisfizo en demasía a los profesores ni otros trabajadores de la misma. No en el momento en que estaban, donde se necesitaba a cada mago capaz que pudiera haber. Al final, por el recién nacido, consiguieron llevar a cabo su escapada de la Ciudadela Violeta. Y antes de unas pocas horas, estaban esperando en el puerto de Ventormenta con unos billetes para ir a Costasur.
No hubo nada reseñable en su viaje, aguas tranquilas, llantos de bebé y mareos esporádicos. No hubo ataques, problemas ni malas caras. Todo el mundo parecía centrado en el Rey Lich, incluso a miles de kilómetros del conflicto. Y, por fortuna, pisaron el puerto de Costasur en pocos días de viaje tranquilo. Y en unas pocas horas consiguieron ubicar la finca Ventisca, en la costa este de Trabalomas. No era especialmente grande, ni era especialmente bonita. Era una casa mediana y un par de almacenes con maderas de distintas calidades. Apenas una semana después de salir de Dalaran, Damian llamó a la puerta de la casa de su hermano. Se abrió la puerta, asomando un señor rubio, con canas avanzadas y una barba desarreglada. Pero los ojos eran los de Harry, y la cara era clavada a la suya.
-¡Hermano!- exclamó Damian.
-No me lo puedo creer- fue la única respuesta.
Capítulo 2, la noche del dragón.
Aquello le sentaba bien. El segundo de los Ventisca apoyaba sus botas sobre el mullido resposapiés mientras su niña dormía plácidamente en su pecho. Sabía que Avery había salido con su hermano. Se le daba estupendamente todo eso de los negocios. De hecho se le da mucho mejor que a su hermano. Él por su parte sólo era bueno en la parte de gastarse los beneficios de dicho trabajo, y no dejaban de repetírselo. Pero claro, cuando alguien necesitaba un poquito de magia, le llamaban corriendo. Aunque eso pasaba muy pocas veces. Con esos pensamientos en la cabeza trató de dormir un poquito.
-¡Buenas tardes!- un portazo lo despertó. Y no sólo a él, Dalia empezó a llorar- Ups.
-¡Max! Me cago en tu estampa, los gritos- miró a su hermano pequeño duramente.
-Damian, es que siempre está durmiendo- se quejó.
-No sé que quieres que haga un bebé- respondió, meciendo a la cría- ¿Bailes regionales? ¿Finanzas?
El hermano captó la estupidez de su queja e hizo un gesto de aceptación. Acto seguido se acercó a la niña para hacerle caritas graciosas. Por suerte su bigote rubio bien parecido al de una morsa hacía reír a la niña la gran mayoría de las veces. Se acercó a la niña y ésta le tiró de los bigotes. Justo en ese momento entraron Avery y Harry, cuando Damian se giró para mirarlos, el bebé agarró la larga oreja de Max como si fuera un trofeo. La sala se llenó de risas para contrarrestar el quejido del hermano menor.
-Ayayayay. ¡Suelta, suelta! Menudo agarre- intentaba soltar los deditos férreos de Dalia, sin éxito.
-Sabes, eso es por culpa de tener esos orejones élficos. El resto salimos normales- se choteó Damian.
-¿Normales? Todos tenéis las orejas puntiagudas, querido- señaló su mujer- Hasta Dali las tiene, pero poco.
Él se encogió de hombros y ayudó a su hermano con el agarre de su hija, poco a poco fueron consiguiendo que soltara. Al poco de liberarse fue a reunirse con su hermano y su cuñada en la mesa que había cerca. Damian oyó, que no escuchó, la conversación que tenían los tres. Sobre el negocio y cómo ampliarlo y otros temas de la misma índole. Era bastante claro que Avery llevaba la batuta en el tema y Harry y Maximilliam simplemente ponderaban lo que ella iba contando. A veces Harry la miraba ligeramente ofendido. Ya había visto esas miradas antes cuando alguien lo superaba intelectualmente y no sabía como lidiar con ello. Damian sonrió ante la idea de Harry sintiéndose estúpido por su mujer y decidió dejar de prestar atención. Sin decir nada, fue escaleras arriba de la hacienda para acostar a su pequeña. Él se sentó a su lado y aprovechó para leer un poco. Unas horas después lo sacó de su lectura su mujer cerrando la puerta.
-Has tardado bastante al final- comentó.
-Tu hermano mayor es muy cabezota. Llevamos casi un año aquí y no es capaz de aceptarme- se quejó.
-Venga, no seas así, si eso fuera verdad no estaríamos viviendo aquí. Lo que pasa que le quieres cambiar mucho los negocios y es un cabezón.
-Demasiado. Pero bueno, ya entenderá que lo que digo es lo mejor- se acercó a besar a Damian, antes de ir hacia la cama- ¿Qué tal Dali?
-Como siempre, un encanto. Es increíble lo bien que se porta. ¿Seguro que es hija mía?- bromeó.
-A veces lo pienso también- se sentó en la cama y miró hacia arriba, como pensando- Está Loriel, también Hugi. Hank, Merry...
-Loriel no sería capaz. Él más bien me quería a mi- acarició a su hija y fue hacia la cama.
-Eso es verdad-respondió ella- A dormir, anda.
Asintió y se echó con ella. No había hecho nada más que cuidar a Dalia, comer, leer y pasear por las tierras. Y eso era lo que lo hacía feliz. Nunca le gustó ser productivo.
Las semanas pasaban, y la relación entre Dalia y Harry cada día era mas tirante. Claramente
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