1. La Mar
Nuestra aventura comienza con Sir Francis Zucker, un ilustre comerciante kultireño. Sus tres hijos fueron Dean, el mayor, y los gemelos Malcolm y Gilbert. Francis y Dean se encargaron de hacer crecer el negocio familiar, mientras los hermanos menores, algo torpes y de pocas luces, se quedaban en su casa en Fuerte Sabio.
Fue en uno de sus viajes, que por aquel entonces aún realizaban en persona, cuando casi ocurrió lo peor: El barco fue arrastrado por una tormenta, casi hundido, y casi perdido, y el capitán apenas pudo hacer nada salvo aproximarse a una isla cercana. El capitán sabía de que isla se trataba, era Tel Abim, y supuso que podrían llegar a un trato a cambio de volver a casa sanos y salvos.
En la isla conocieron a personas muy extravagantes, y otras más normales, y entre ellas al bueno de Victor Abrahams. Los Abrahams había vivido allí desde hacía generaciones, eran una gente de piel increíblemente morena, mucho más de lo habitual en Kul Tiras. Victor hizo buenas migas con Francis, e hizo de intermediario para conseguirles su viaje de vuelta a casa. Además de hacer de su anfitrión y dejarles quedarse en su casa para poder recuperarse de su anterior travesía antes de iniciar una nueva.
No obstante el joven Dean no pensaba descansar demasiado, ya que quedó prendado de los encantos de la hija mayor de Victor, Margarethe. Tras mucha insistencia, un par de besos a escondidas y un plan elaborado consiguió colarse en su habitación sin ser visto y… Esas cosas pasa continuamente, no es para tanto, aunque cuando Margarethe se quedó preñada… Victor no estaba muy contento. Y por ello, como tantos orgullosos jóvenes de Kul Tiras antes que él, Sean se casó a punta de trabuco en un altar improvisado, oficiado por el Capitán de su antiguo barco. Y si que quería, claro que quería, no tanto por la hermosa y bronceada joven si no por el frío del cañón en su espalda.
Sir Francis pudo volver a Kul Tiras, junto a su primogénito, su nueva esposa y los pocos trabajadores que no habían buscado nueva faena durante la espera. Pocos meses tras llegar nacería su hija, Lady Margarethe Ophelia Beatrice Zucker, conocida por todos como Marga.
2. Las Voces
Sir Francis Zucker murió una noche de invierno. Tal y como eran sus últimas voluntades le enterraron junto a su esposa, muerta hacía mucho y de la que jamás hablaban. Marga no la había conocido, y lo único que sabía de ella era su aspecto, ya que el salón de la casa de su abuelo estaba presidido por un gran cuadro de ellos dos. Eran muy jóvenes, y felices, o al menos eso contaba el cuadro.
Marga sentía una gran tristeza, y se encerró a llorar. Tal vez fue el dolor de la pérdida lo que comenzó todo aquello: Susurros que la asustaban y molestaban, en las olas y el viento, en el silencio de la noche. Lo ocultó un tiempo, pero al final descubrieron a que se debía su extraño comportamiento.
Sus padres no estaban demasiado de acuerdo pero los kultireños sabían bien lo que hacer en estas ocasiones: Llamar a un Sabiomar. Un erudito habló con ella, y determinó que la chiquilla estaba bien. De hecho estaba mucho más que bien ya que debía de haber sido elegida por la Madre de las Mareas para ser una más de su orden.
Así fue arrastrada, casi literalmente, hasta el Monasterio de los Sabiomar e instruida en los misterios del mar. Se convenció a si misma que era su destino, y terminó por llegar a ser una alumna destacada, lista para adoptar su nuevo rol como Sabiomar. Fue enviada a la atención de Lord Canto Tormenta, para servir en el Altar de la Tormenta.
Todo fue bien, absorta en sus tareas los días y meses pasaron, hasta que la voz cambió.
3. Las Aguas Profundas
Mientras el mundo estaba inmerso en lo que llamaron la Cuarta Guerra, en el Valle Canto Tormenta tenía su propia lucha entre manos: En los últimos meses el rumbo de los Sabiomar había sido incierto y en la oscuridad habían tramado en contra de Boralus. Su traición era mucho más profunda ya que quién controlaba ahora a Lord Canto Tormenta era en realidad la Reina Azshara…
No tenían forma de saberlo, aunque muchos comenzaron a alejarse de los líderes por los oscuros rituales que comenzaron a realizar. Otros estaba convencidos que era el camino, y las voces eran más convincentes que nunca. Ahora el agua parecía mostrarles el camino para usar los poderes del vacío. La Hermana Marga se mantuvo firme y fiel, y participó gustosa en esos rituales. Ayudando a labrar el camino que traería a la tierra de Kul Tiras la verdadera voluntad de la Madre de las Mareas.
Se encontraba junto a unos novicios escoltando una carreta con componentes necesarios para el próximo ritual cuando fueron asaltados por unos encapuchados. Portaban banderas azules, y pudieron distinguir su emblema: El Despertar de la Tormenta, los traidores con los que se relacionaba ahora el traicionero Hermano Pike. La batalla fue rápida, y Marga no supo como terminó ya que algo le golpeó en la nuca y la derribó de su caballo. Todo se volvió oscuro.
Despertó en un campamento de avanzada al sur de allí. Un acorpulenta mujer de pelo caoba, vestida con armadura ligera, cocinaba algo de espaldas a ella mientras canturreaba una canción de marineros. Intentó reincorporarse pero descubrió que estaba atada a la cama, con grilletes, y de hecho su boca estaba tapada con unas vendas. Reconoció de que se trataban sin necesidad de verlas: Sus runas grabadas impedirían su magia. Suspiró, suponiendo que los Sabiomar traidores estarían detrás de esto.
La mujer se dio cuenta de que había despertado y fue a la cama a ver como se encontraba. Marga tardó algo en reconocerla, pero cuando lo hizo se sorprendió: Era Jackie. Jacqueline Hitch, única hija y Sebastian, el mayordomo de su padre. Aunque no la había visto desde hacía años, desde que jugaban juntas en casa y antes de que las voces comenzaran. Era una de tantas cosas que dejó atrás.
Jackie suspiró aliviada, y se sentó junto la cama a mirarla. Marga no podía moverse, aunque le parecía difícil creer que su vieja amiga pudiera hacerle daño, así que quedó quieta y resignada a descubrir que ocurría allí. Una figura encapuchada entró, se rio y bajó la capucha para mostrar su rostro: ¡Era Frederick! Frederick Abrahams, hermano menor de su madre.
Mago, aventurero, oportunista… Sobre todo eso último. Marga emitió ruidos inteligibles, parecía sorprendida y preocupada de que Frederick estuviera aquí.
— Jackie, Jackie, Jackie… No es forma de tratar a una señorita. Has envuelto a mi sobrina como si fueras una pescadera y ella un atún.
— Primero, cállate. Segundo, fue el Hermano Solomon. Y tercero, está despierta y puede oírte.
— Pues estará de acuerdo en que no es forma de tratar a una señorita, y en lo del pescado.
Frederick se aproximó a la cama y le acarició la cabeza, no de una manera tierna si no como los tíos hacen con sus sobrinos, despeinándola todo lo posible. Gruñó, bajo sus ataduras.
— Tu padre ya sabe que estás aquí, y como prometió hemos entregado buenas armas para que esta rebelión siga adelante. ¿Alguna vez pensaste que serías la recompensa de una misión? La verdad es que es casi gracioso.
— No es gracioso, Abrahams. Voy a llamar al Hermano Solomon, quería hablar con ella al despertar.
Jackie abandonó la tienda, y Frederick se sentó en su lugar. Observaba a Marga con ojos tristes, y suspiró aliviado.
— Tus amigos asaltaron el astillero, y perdimos algunos barcos. Hombres, antes hombres y ahora monstruos, asaltaron la costa. Tu padre está bien, pero inquieto, y tu madre no duerme hace muchas lunas. Se acabó, jovencita, sigue el juego a ese Sabiomar y salgamos de aquí.
El mencionado Sabiomar entró y pidió a Frederick que saliera. Este obedeció, dejando caer una última mirada en su sobrina: “No hagas tonterías”.
4. El Despertar de la Tormenta
El Sabiomar se sentó, portando un libro grueso y deteriorado, y se quedó leyendo en silencio. Tras unos impacientes minutos el anciano, que no tenía mucha prisa, liberó a Marga de su mordaza y pudo hablar de nuevo. Ella conocía a ese hombre, claro: Era el Hermano Solomon, su primer instructor de sanación. Siempre había envidiado su vínculo con el mar, parecía sencillo, innato en él. Pero verle allí significaba que ahora trabajaba para los traidores, quienes tras la las palabras de aquellas caras conocidas no parecían tan malvados.
— ¿Cuándo abandonó el camino, maestro?
— En el mar no hay caminos, niña idiota.
— Déjese de juegos, maestro. No soy una niña y ya sabe a que me refiero, la voluntad de la Madre de las Mareas no está aquí si no junto a Lord Canto Tormenta.
— Tu señor está loco, y su locura se propaga en el aire como la niebla. Escucháis las voces, si, pero las erroneas. Y en vuestro error llenaréis esta tierra de sangre. Estudiáis los escritos oscuros que os han proporcionado, y hacéis los rituales que describen, pero no hablan del mar, ni de la bruma, el viento ni la tormenta. Los elementos sufren, y las aberraciones atacan a los que habían de ser protegidos. Las sagradas palabras ya están en el olvido. ¿Cuándo dejaste de sentir la marea alta, cuando la oscuridad se apoderó de tu corazón? ¿Cuándo abandonaste tu el camino, niña?
— Yo no…
— Claro que no, porque no sigues los rituales, ni lees los libros, solo obedeces a tu maestro en lo demás. ¿Y cómo lo se? He visto a quienes si los hacen, sus cuerpos deformes repletos de tentáculos. Un signo habitual de los poderes del vacío, no del mar. No hay rastro de mácula profana en ti, no más que el resto de nosotros.
— Todo es distinto ahora, y no deseo seguir, pero es mi deber… ¿Qué debo hacer, maestro?
— Tu padre te ha comprado, tu vida, te quiere de vuelta y lejos de esta locura. Tu tío y esa muchacha han venido para garantizar que así sea. Pero el Hermano Pike no tiene miedo a estas aguas envenenadas, y separará la sal de la toxina. Y por el bien de todos, haremos que así sea. Es nuestro deber, niña, solucionar este desaguisado. El Despertar de la Tormenta asaltará el Altar Oscuro de Lord Canto Tormenta, y se terminará de una vez por todas. Haz lo que sientas que debas hacer, y no te arrepentirás.
El Hermano Solomon volvió a ponerle la mordaza, a pesar de sus quejas, y se marchó. Quedó sola, atada, y mirando el techo de tela. Su maestro tenía razón, todo era extraño desde hacía tiempo, oscuro, y eso la alejaba de culto. Pero no era cierto que no hubiera leído los escritos, o intentado practicar lo que contenían, tan solo que no había sido capaz. No creía en ellos.
Tras meditar al respecto decidió que Solomon tenía razón, como siempre, y debía enfrentar aquello que no estaba bien. Jackie y Frederick no se lo tomaron demasiado bien, y no se vieron en otra que quedarse y ayudar. No serían ellos quienes fueran a decirle a Sean Zucker que su hija ahora era combatiente del otro bando.
Y combatieron, vaya si combatieron, hasta que la otra voz, venida de las aguas profundas, dejó de resonar en el Altar de la Tormenta.
5. El mañana
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